Estigma de Inutilidad
La incompetencia es como un virus terminal del que resulta complicado zafarse. El ser humano es capaz de superar enfermedades críticas, combatir su ignorancia, rebelarse contra condiciones de vida paupérrimas o salir a flote aunque las cadenas más pesadas le impulsen hacia el fondo. Pero la falta de profesionalidad, por razones inexplicables, es un lastre del que al parecer resulta imposible zafarse de por vida. Hace tres años me hice con un billete para realizar el trayecto Nueva York – Madrid, con unos benditos seis meses de antelación. A falta de una semana para el día marcado, la compañía me envía un correo electrónico avisándome de que suspenden indefinidamente la conexión entre dichas ciudades.
Sin posibilidad de reacción, me veo obligado a adquirir un nuevo billete sustancialmente más caro y con un daño colateral más que significativo sobre el que escribiré algún día. ¡Cómo me enerva esa sensación de estar indefenso ante la burocracia frustrante del sistema capitalista! Por eso me solidarizo con todas las víctimas del cierre precipitado de la compañía Aircomet, la misma que 36 meses atrás me dejaba tirado en la ciudad de Woody Allen. Les deseo suerte, no sólo con las reclamaciones, sino sobre todo con esa furiosa tristeza del que siente a la injusticia como un mal inevitable. La empresa y sus infamias mueren con una quiebra. Ojalá fuera tan fácil terminar con la ineptitud humana.
Profecías Olímpicas Para El 2016
Si os aburren las esperas o sois grandes aficionados a las apuestas deportivas de última hora, he aquí simplificado el proceso que vamos a presenciar mañana en Copenhague.
La base para saber la ciudad que albergará los Juegos del 2016 pasa por conocer quien será el primer eliminado. A partir de ello la cosa se simplifica cruelmente. Aquí están las cuatro posibilidades:
1) TOKIO CAE: En realidad es imposible predecir quien se meterá la ostia inicial (con perdón). Necesitaríamos conocer los tejemanejes fariseos y las promesas de papel de fumar que se han cocido entre representantes de las candidaturas y los miembros del Comité Olímpico. Si pongo a los amigos japos de primeros es, básicamente, porque me la sopla el alfabeto y siempre pensé que lo de Songoku era puro doping. A mi entender, la capital nipona caería víctima de su carencia tanto en agresividad como en mercadotecnia superflua (ni Obama por aquí, ni Pelé por allá, ni corazonadas ni gaitas). En esta situación, los votos de los asiáticos irían a Madrid y a Chicago, en proporciones similares. Río es una candidatura radicalmente opuesta a Tokio, la seguridad contra la alegría, el “todo plepalado un año antes o me hago el hara kiri” contra el acabao-acabao-no-pero-bueno-amigo-¡festa!. Por ello, esta eliminación condenaría a los de Janeiro en la siguiente ronda. Los que apoyaban a Lula optarán por Madrid y, en consecuencia, a Gallardón le dará su corazonada en forma de amago de paro cardiaco solventado tras un boca a boca del mismo Zapatero (no asegurado). MADRID 2016
2) CHICAGO CAE: And what the fuck am I doing here?? – se lamenta el pobre Obama a sus colegas yanquis. El escaso apoyo popular unido al a-mí-no-me-asusta-ni-el-presi-de-los-USA convierte en anécdota la candidatura americana. Tokio recibirá gran parte de los votos Barackianos y se asegura su presencia en la final. Madrid no podrá contra la ofensiva brasileña y ZP cogerá el avión eléctrico rumbo a casa. Brasil – Japón. Aunque pareciese a priori que los remedios anti-impotencia del amigo Pelé funcionarían en muchos miembros del COI (menos en Alcortito de Mónaco, que con un esparadrapo va sobrado), Japón da la sorpresa y se lleva las Olimpiadas. Lo cierto es que en el fondo todos dudan de la eficiencia brasileira (y, repetimos, no están como para echarle huevos al tema). TOKIO 2016
3) RÍO CAE: Lula recibe la llamada de un Chávez emocionado: “No te pongas arrecho compadre, son todos unos imperialistas,… espera que te paso a Fidel por la otra línea… que ahora es Raúl, dices?… pues quien lo diría”. De la alegría, el Rey soltará diversos “porqué-no-os-calláis” a diestra y siniestra. Madrid y Tokio son incompatibles, nadie quiere una final así, así que habemus segundo duelo hispano-yanqui con resultado similar. Se rumorea que en este caso Esperanza Aguirre se mantendrá oculta entre bastidores para el boca a boca a Gallardón. Beso de la muerte, vamos. MADRID 2016
4) MADRID CAE: El ayuntamiento de la capital declara definitivamente el XXI como el “siglo (del intento) olímpico” y la RAE, rauda como nunca, sustituirá la expresión castiza “estoy jodido” por “tengo una corazonada”. Los votos españoles van para Tokio y Río en gran medida, pero a los herederos de Sin Chan no les llega para estar en la final. Lula contra Obama. Obama contra Lula. Pues a Sudamérica se ha dicho, porque si te has cargado a las dos opciones con mejores condiciones, ya da un poquito igual el tema de la organización o infraestructuras. Pelé se mete tanta cachaça al cuerpo que reconoce catorce de sus hijos ilegítimos. Obama a lo suyo: but really, what the fuck am I doing here? RÍO 2016
Una vez leído este infalible análisis, lo acertado es meterse en alguna casa de apuestas, hacerse notar en las últimas rondas y donar la mitad de los beneficios a la más prestigiosa organización benéfica de España (que no, leñe, que me refiero a mi bolsillo, no al INEM). Sea como fuere, los Juegos se decidirán el viernes y, para tranquilidad del español medio, el Barça y el Madrid tienen partido el fin de semana. Así que si la cosa no va, carajillo para dentro, un par de mecagoentó al aire y ya seremos candidatos en la siguiente. Vamos, igualito que Rajoy.
Crisis en 3D
La industria del cine no pasa por su mejor época. El séptimo arte cuenta cada año con menos espacio para artistas de la imagen y el guión subsistiendo mediante superproducciones que mitiguen su evidente agonía. Los cines españoles se han convertido en picaderos de lujo, salones fantasmagóricos repletos de butacas cinéfilas libres de posaderas que les impidan el visionado. Es cierto que genera cierta molestia el observar alguna cabeza ennegrecida o el sonido de un catarro mal cuidado, pero con los Screener cualquiera puede disfrutar de un estreno incluso antes de que aparezca en su barrio. Y luego, a poco que uno sea paciente, llegan los DVD rip (o R.I.P. según se vea) para que los Ares y Emules del mundo se alíen en pos de la mejor calidad de imagen al económico precio de… nada. Obviamente, comparándolo con el infumable valor de una entrada de cine o la de una descafeinada versión en DVD, poco suele importar al usuario el esfuerzo de bajar el largometraje tras algunos “fakes” pornográficos previos (nota del autor: las descargas por Internet son ilegales, este texto no las apoya en absoluto. Es más, estamos seguros de que condenan el alma del usuario y, como las masturbaciones, producen un acné del carajo. Venga, a denunciar a vuestra santa madre…)
En un panorama como el actual, cualquier añadido supone una oportunidad nueva de enderezar el rumbo, y aunque esto huela a viejo, el cine en 3D es la ultimísima coletilla publicitaria que se ha impuesto en todas las carteleras del país. Todo intento creativo merece mi respeto, así que ayer no dude en acercarme a ver la última producción de los genios de Pixar, “Up” (o mucho más infantil que el resto o servidor está mucho más viejo que antes), y de paso valorar personalmente las maravillas prometidas por el invento de marras.
Entramos cuando ya las sombras presagian una ristra de avances (“trailers”) y se puede sobar a la parienta a gusto, por lo que apenas me dio tiempo a distinguir unas manos que me ofrecían gentilmente una especie de gafas a lo Cousteau pero sin bombona de oxígeno. A mí me entró la nostalgia recordando a mi querido Pentium 75, que venía con sus gafitas de cartón con un cristal rojo y otro azul, en las que ver volúmenes era más una cuestión de fe que tecnológica. A un colega mío, en cambio, le hizo maldecir en varias lenguas imaginándose sentado en la butaca con su doble juego de gafas (benditas lentillas). Ya acomodados, iniciamos el visionado con la esperanza de ver recompensado el aumento desproporcionado en el precio de la entrada.
Es bonito. Interesante. Digno de ver y con muchas posibilidades. Obviamente, ninguna semejanza con mi viejo ordenador y su juego de dinosaurios rojos y azules. La sensación en tres dimensiones se consigue gracias a un juego de gafas polarizadas, mediante las cuales vemos una película diferente en cada ojo, como dos largometrajes distintos superpuestos. De esta manera, engañamos al cerebro y obtenemos una sensación artificial de profundidad que se hace especialmente agradable en planos generales o panorámicas, donde el inconfundible cosquilleo de estar asistiendo a algo nuevo nos invade con más fuerza. Si nos quitamos las gafas podemos comprender con mayor facilidad este fenómeno, con una mezcla borroso – nítido que permite distinguir las dos capas en las que está dividido el filme. De igual modo, si tapamos uno de nuestros ojos observamos como el efecto desaparece, ya que la polarización perdería su eficacia. Gracias a la evolución conseguida con el sonido envolvente, la acción conjunta permite escenas de gran espectacularidad.
Es evidente que la animación es el género donde esta técnica se desenvuelve con plena libertad, lo cual limita su expansión al resto de largometrajes. Otro problema surge en el precio desorbitado ante un efecto que no es totalmente revolucionario (mi tiranosaurio virtual era gentilmente cutre, pero ahí estaba una década antes), y no parece que incrementar el gasto sea en estos tiempos la solución idónea para combatir la piratería.
Veremos en qué termina la renacida fiebre por el 3D, que ya muchos cines han marginado por completo en sus salas hasta que los chinos vendan las gafas con descuento. Sea como fuere, cualquier novedad es siempre una alegría, y aunque sea esporádicamente, es recomendable invertir algún dinerillo y dejarse caer por alguna sala para ser testigos de este nuevo invento cinematográfico.
…siempre te escapabas, y no hubo ni siquiera esa mirada del adiós entre los dos.
La gente tiende a sobrevalorar la muerte de los muertos e ignorar la de los que aún están vivos. A mí, de momento, son las que más me duelen…
‘La mirada del adiós’ es una demo creada por Los Rodríguez en 1990 y publicada como un extra en el disco recopilatorio ‘Hasta luego’ (1996), el primer “grandes éxitos” del grupo argentino tras la aparición un año antes de su último trabajo original, ‘Palabras más, palabras menos’ (mi punto de partida). Con un excelente repertorio, repleto de letras emotivas y con una profunda carga reflexiva, a la banda de Calamaro y Rot se le echa en falta su escasa dedicación en asuntos no relacionados con el amor. Para mí, esta canción, que casi no puede ni considerarse como tal, resulta un ejemplo genial para demostrar el poder infinito y personal de la música. Apenas me atrae una frase que se repite constantemente, sobre una base melódica tremendamente simple. Pero siempre me ha transmitido mucho, siempre me ha entristecido cualquiera que fuese mi estado de ánimo. Y ahora, la verdad, todavía más…
Sí a Bolonia
Voy a dejar una visión tan superflua y radical como las que defienden muchos de esos oportunistas revolucionarios efímeros de discutible moral, que junto a verdaderos anti-sistema han enarbolado estos meses la desgastada bandera de protesta social. Yo estoy de acuerdo con el Plan de Bolonia, y además de convertirme en un neoliberal sin escrúpulos, parece ser que este pensamiento transmite mi sometimiento y debilidad ante el poder económico global. Millares de estudiantes han salido a las calles indignados ante las reformas educativas firmadas hace ahora una década por los ministros de educación europeos, alegando una masiva mercantilización del sistema educativo y un aumento de costes que convertirá a la universidad en un producto capitalista reservado a las clases altas. Ambos puntos son discutibles, y quede clara desde un principio mi desconfianza ante cualquier cambio que intente derribar la estructura mafiosa que impera en la mayoría de universidades españolas. El acuerdo firmado en la ciudad italiana pretende la construcción de un espacio universitario europeo común, homogeneizando su estructura e igualando resultados. Sin duda, el sueño de una Europa fuerte debe partir de un sistema educativo homologado que ofrezca opciones reales al estudiante que desee competir en mercados laborales ajenos a su país de nacimiento. La organización tripartita Licenciatura – Máster – Doctorado supone la absorción total de la estructura anglosajona, que aún no siendo perfecta es mucho más estable que el indignante panorama nacional, donde un título universitario o un máster no representan diferenciación alguna para el estudiante, en una sociedad infestada de graduados inútiles y frustrados ante su incapacidad laboral. La supuesta presión de un lobby formado por grandes compañías internacionales, que haya sacado sus garras e influenciado decisivamente a la hora de dirigir esta reforma, me parece un asunto exagerado, sobrevalorado y poco reflexionado. No se trata de promocionar ideologías, sino de ofrecer oportunidades de trabajo. Este proceso de adaptación a la empresa se ha llevado con gran éxito en los anteriormente demacrados Ciclos de Formación Profesional, que actualmente cuentan con un porcentaje de empleados inversamente proporcional a su prestigio social. De igual forma, no se debe caer en el error fácil hablando de la indignante manipulación (que ya existe) en vez de lógica comercial. La mayoría de licenciados actuales somos unos parásitos con cierta sabiduría, sin ningún tipo de enfoque profesional y perdidos en un océano empresarial una vez terminamos nuestros estudios. La falta de especialización nos convierte en un rebaño sin fisuras donde cuatro años de estudios pueden ser sustituidos por diez horas de tutoriales en Internet, generando una competencia feroz que permite a las élites económicas jugar con los salarios de los trabajadores. Es duro escuchar aquello de ‘es bajo, pero podría encontrar a mil que lo hicieran por mucho menos’. Esta falta de reconocimiento implica una clase universitaria apática e incapacitada para soportar sus responsabilidades sociales, más preocupada por sobrevivir que por aportar. Es ingenuo hablar del saber por el saber en una sociedad como la nuestra. No concibo la censura ni la represión a nivel alguno, pero no veo al demonio si las empresas exponen lo que necesitan con antelación y uno puede cursar un tercer grado que le permita aspirar a algo más que hacer cola en el INEM. Detesto la brutalidad del sistema capitalista y su deshumanización, pero promover la investigación es más democrático que condenarnos a la insignificancia. No creo que ello cambie nuestra percepción ideológica ni frene nuestro desarrollo intelectual. Todavía estamos lejos del mundo feliz de Huxley para todo aquel que así lo desee. Es paradójico que la lucha estudiantil se centre en defender el arcaico y oligárquico sistema universitario español, cuando nuestra fuerza debería emplearse en exigir que estos cambios que nos llegan, y en los que ya estamos inmersos, vengan acompañados de ayudas económicas que permitan que el acceso a máster y doctorado sea una cuestión de valía y no de recursos económicos. La privatización de la universidad no es una consecuencia natural de esta reforma académica, es un puñetazo más en los morros por parte del sistema capitalista en el que nos encontramos. Defiendo la universidad pública como tesoro de cualquier Estado, pero no se va a mantener sólo con buenas intenciones, y las crisis económicas y la falta de voluntad las van a convertir en objetos de museo incompetentes. Necesitamos un sistema público como el japonés o el brasileño, donde los centros universitarios estén organizados y sean el principal foco de referencia para los estudiantes. Una institución fuerte y con recursos, que no tenga miedo de procesos como el de Bolonia porque desborden sus capacidades. Defender el patrimonio de todos no significa cargar contra lo privado, esa es una guerra perdida. Para ser fuertes debemos desarrollar lo público, hacerlo competitivo desde dentro. Y si nadie está dispuesto a ello, si nadie realmente va a ir más allá de lo evidente y lo banal, en ese caso, bienvenido Mr. Marshall.
Prometo que a partir de ahora lucharé por cambiar. Prometo que no me verás, que no voy a molestar.
Promesas que se perderán en estas cuatro paredes. Como lágrimas en la lluvia se irán.
Y rompo las promesas que me hice a mí, prometo pensar en ti. Ahora prometo sólo pensar en ti.
El maestro poeta Ferreiro es todo lo que necesito hoy…
Extracto de la canción “Promesas que no valen nada” de Los piratas (Poligamia, 1995)
Adoro Fumar Opio, ¿Y Qué?
Tan solo tres palabras necesitó mi madre en esa mañana de domingo que estrenaba el mes de febrero. “Ganooo, partido sensacional”. Fue más que suficiente. Rafael Nadal se había convertido en el primer tenista español en vencer el Open de Australia. Cerré el puño de alegría, imaginé la ceremonia de premios por un rato y tardé en abandonar la sonrisa durante unas horas. Yo permanecía en el mismo Brasil en el que había comenzado el día, la misma ciudad donde tomé el desayuno un par de horas antes y caminaba junto a las mismas personas con las que había compartido madrugón para poder visitar con tiempo aquel lugar. Pero repentinamente me sentía más feliz. Una excitación y alegría inconscientes me invadían incontrolablemente. No puede decirse que sea un gran tenista. Apenas sí he jugado dos o tres partidos con amigos y sólo puedo presumir de no tirar la pelotita fuera más de 20 veces por cada 21 golpes. Tampoco tengo ninguna relación familiar o de amistad con Nadal, no hemos compartido ni media caña y nunca se ha interesado por añadirme a su Facebook. Pero su victoria en las antípodas me alegró el día, como si yo mismo hubiera sido el que había corrido durante más de cuatro horas en la pista Rod Laver. Nadie me entregó ninguna clase de trofeo ni recibí cheque alguno. Ni falta me hizo. Es evidente que yo amo el deporte, me encanta la competición. Adoro quedarme extenuado corriendo detrás de un balón o retar a mi corazón bajo la presión de un partido emocionante. Y entiendo perfectamente que no todo el mundo comparta este don (deténgase el lector ante el término usado), pero tampoco voy a aceptar las críticas sin presentar batalla.
“El opio del pueblo” es el término niégalo-y-serás-un-ignorante que prevalece socialmente para referirse a las competiciones deportivas profesionales. Se encuentra dentro del inestable campo de la neo-reflexión egoísta que abarca toda una serie de ideales irrefutables, salidos de las mentes desconocidas más prodigiosas para presentarse como patrón único a seguir por todo aquel que quiera incluirse en el grupo de los intelectuales, sabios, modernos, preparados, solidarios, concienciados, activistas, rebeldes y demás términos en los que a uno le gustaría verse incluido de alguna manera. El deporte profesional es una lacra estúpida que enriquece a personajillos insignificantes y ciega la capacidad de reacción sociopolítica de la población. Así está escrito y así ha de mantenerse, porque las evidencias son tan obvias que resultaría ofensivo (o ignorante, claro) oponerse a este liderazgo ideológico de las clases pensantes. Mentira. Y además de no ser cierto, es una injusticia que ha salido del seno de una clase acomodada con tiempo para imponer sus conceptos irrefutables sobre el bien y el mal. Déjame explicarte la diferencia entre conocer… y conocer. El porqué alguien puede agotar sus existencias de adrenalina en una noche de baloncesto o sufrir por la derrota de alguien con el que jamás compartirá una palabra. No estoy ciego. He tenido la enorme fortuna de recibir una educación, leer libros, compartir opiniones y descubrir un poco aquello que me rodea. Es cierto que no soy ningún sabio, pero el intelecto me da, por ejemplo, para saber en qué se basa un deporte como el fútbol. Sé, como tú sabes, que son 22 tíos sobre un campo de hierba intentando introducir un esférico en una red atada a tres palos. Podrían haber sido 43, jugar sobre un campo de leche condensada junto a un balón triángulo isósceles y con la misión de ver quién se tira la flatulencia más sonora. Es indiferente la complejidad del juego creado. O, mejor dicho, esa es su grandiosidad. Imaginaros una piedra de río. Pero una de esas feas que fruto del contacto con el agua parece que estemos tocando un sapo disecado. Un día, alguien descubre que ese repugnante trozo de roca produce las más intensas emociones con tal sólo aproximarlo a nuestra piel. Como hacer el amor pero sin los efectos colaterales del cigarrillo. Todo el mundo haría lo que fuese por tener una de esas asquerosas piedras, la gente las compraría por quilos y sus descubridores tendrían tanto dinero que podrían conseguir hasta que George Bush volviese a la Casablanca. Esa piedra de tacto anfibio ya existe, y se conoce como deporte. ¿Me dices que el dinero que genera es una humillante demostración de la desigualdad social existente? Te lo acepto. Así sucede también con obras de arte, grupos de música y producciones literarias. ¿Nos los cargamos a todos? No culpes al deporte de vivir en un deshumanizado sistema capitalista. ¿Me comentas entonces que es el origen de violencia sin control y brutalidad fanática? Grave error por tu parte. Las bestias deficientes que acuden regularmente a ciertos eventos deportivos no han nacido en las canchas de juego. Son tan solo mutaciones seudohumanas que liberan su estupidez cavernícola allí por donde pasan. Una mezcla fatal entre manipulación psíquica e inferioridad social, producto exclusivo de una falta de personalidad infinita de la que Ronaldinho o Michael Jordan no tienen culpa alguna ¿Te atreves entonces a referirte a la banalidad del juego en sí, y la inocua función social de sus resultados? Ahí es donde se encuentra el egoísmo aburguesado al que antes me refería. Es posible que tú no poseas ese don (deténgase nuevamente en el término). Quizás esta piedra no te produzca mayor efecto que el de cualquier otra que encuentras tirada por las calles. Lo siento, sinceramente. Pero no es justo que respondas a tu invalidez sentimental condenando a aquellos que sí sentimos la necesidad de saltar con cada jugada, de cabrearnos con las derrotas o de abrazar al primer extraño que pase tras un éxito memorable. La gente necesita estímulos que asfalten el camino que están llevando a cabo. Y nunca ha importado si estos son reales o imaginarios. Así ha sido desde nuestros orígenes con todo tipo de religiones o filosofías existencialistas. Así todavía sucede hoy en día con largometrajes, videojuegos, novelas, teatro, televisión… y un sinfín interminable de emociones nacidas de lo irreal para reactivar intensamente nuestra capacidad perceptual y la propia manera de ver nuestras vidas. Analicemos un ejemplo entre mil: ¿quién es el ingenuo que puede creer que en el caso de que España no hubiese ganado la Eurocopa, la gente se hubiera echado a la calle en masa para protestar por sus derechos sociales? Ni lo sueñes. En cambio, un triunfo así democratizó durante unos días a toda una sociedad.Permitió al millonario y al desgraciado compartir la misma alegría, situarse al mismo nivel emocional. Esa piedra era la misma para todos, al alcance de cualquiera que así lo desease.
Amar el deporte no significa vivir cegado a las injusticias, y no es privando de anestesia al pueblo como se van a lograr los triunfos políticos. Esa lucha no se juega en un estadio de fútbol, ni en un circuito de fórmula 1, ni en una piscina olímpica. Nuestra incapacidad organizativa a la hora de garantizar una vida digna no tiene más explicación que la inutilidad sangrante del ser humano para alcanzar la igualdad social. El resto son excusas intelectuales, hipocresía sin valor alguno. Es cierto que yo no gané aquel Open de Australia. Ni llegué a ver el partido ¿Y qué?
I Am Mine
Ya conocía esta canción de Pearl Jam hacía años, pero no fue hasta la semana pasada cuando decidí aprender a tocarla con la guitarra, con lo que me vi obligado a detenerme en el texto. No sé tú, pero incluso después de alcanzar un nivel de inglés aceptable me sigue cansando el prestar atención a las letras anglosajonas, y continúo escuchando los temas como buen extranjero, pasando del contenido. Gran error. Como nunca es tarde para rectificar, aquí van dos perlas de esta gran composición:
“I know I was born, and I know I that I´ll die. The in between is mine. I am mine” (Sé que he nacido y sé que moriré. Lo que está en el medio es mío. Yo soy mío)
“We´re all different behind the eyes. There´s no need to hide / We may need to hide” (Todos somos diferentes detrás de los ojos. No es necesario esconderlo / Quizá necesitamos esconderlo Nota: existen dos versiones diferentes)
Y aquí el vídeo en Youtube (con subtítulos). Disfrútalo, merece la pena:


Mientras Joan Laporta continúa explotando a su favor el nombre del Fútbol Club Barcelona en una manifestación independentista, seis jugadores catalanes conducen a la selección española hacia una victoria aplastante contra Bélgica. Las ironías se convierten en gilipolleces cuando olvidamos las neuronas en la almohada. En la era de la Wikipedia y el Gran Hermano, donde cualquiera puede sentirse importante a nivel existencial, ¿por qué todavía los seres humanos sienten la necesidad de parir y dar teta a luchas inertes? Es desilusionante la confusión brutal entre cultura y egocentrismo. Y duele todavía más cuando se convierte en un virus terminal cuyo único deseo es infectar todo aquello que se encuentre por delante. Realzar el orgullo personal contaminando el deporte con política resume con exactitud la esquizofrenia ideológica de muchos quijotes modernistas. Qué pena…