ESTIGMA DE INUTILIDAD – El caso de Aircomet
La incompetencia es como un virus terminal del que resulta complicado zafarse. El ser humano es capaz de superar enfermedades críticas, combatir su ignorancia, rebelarse contra condiciones de vida paupérrimas o salir a flote aunque las cadenas más pesadas le impulsen hacia el fondo. Pero la falta de profesionalidad, por razones inexplicables, es un lastre del que al parecer resulta imposible zafarse de por vida. Hace tres años me hice con un billete para realizar el trayecto Nueva York – Madrid, con unos benditos seis meses de antelación. A falta de una semana para el día marcado, la compañía me envía un correo electrónico avisándome de que suspenden indefinidamente la conexión entre dichas ciudades.
Sin posibilidad de reacción, me veo obligado a adquirir un nuevo billete sustancialmente más caro y con un daño colateral más que significativo sobre el que escribiré algún día. ¡Cómo me enerva esa sensación de estar indefenso ante la burocracia frustrante del sistema capitalista! Por eso me solidarizo con todas las víctimas del cierre precipitado de la compañía Aircomet, la misma que 36 meses atrás me dejaba tirado en la ciudad de Woody Allen. Les deseo suerte, no sólo con las reclamaciones, sino sobre todo con esa furiosa tristeza del que siente a la injusticia como un mal inevitable. La empresa y sus infamias mueren con una quiebra. Ojalá fuera tan fácil terminar con la ineptitud humana.








