¿SE PUEDE LUCHAR CONTRA UNA MULTINACIONAL? – El caso de Coca-Cola España (Capítulo 2 y último)
(Lee el principio de la historia pulsando aquí)
La mayoría de las empresas son un entramado inexpugnable, corporaciones acorazadas premeditadamente a base de empleados encargados de proteger a los altos mandos. Y si hablamos de una multinacional con el poder de Coca-Cola, llegar más allá del recibidor de entrada puede suponer toda una aventura para el cliente.
Quizá por ello la llamada me pilló de improviso. Al otro lado dio la cara la única persona que dignificó un concurso mancillado con la incompetencia de sus organizadores. Jugaba con los de casa, y cuando algo se ensucia a nivel empresarial es casi inevitable que cualquier solución sea indigna. Pero más allá de lo dicho u ofrecido, le agradezco el haber sabido escuchar en un entorno propenso a la sordera crónica. Por eso no voy a cargar contra quien ha sido usado como mero escudo, y me abstengo de cualquier tipo de identificación personal. Quien me trató, se presentó simplemente como ‘representante del consumidor’, y su misión primordial era tapar las vergüenzas de sus superiores. Fueron veinte minutos de conversación donde a cada paso se hacía más evidente el fango sobre el que estábamos pisando.
Empezó mal, la verdad. “Perdona el retraso en contactar, tenemos que comprobar si existen problemas en el servidor“. ¿Servidor? Apenas había mandado un par de correos electrónicos, y la línea telefónica se encontraba en perfecto estado. Estoy acostumbrado a ignorar las trivialidades. Aún así, tardé muy poquito en sentirme notablemente ofendido. Pensé que tras una semana de reclamaciones me tendrían más en consideración, pero podía olerse a distancia el débil plan de contención montado para frenar mis acusaciones. “Deja que te explique, es el tema del retrete. Coca Cola no puede sacar un vídeo como ese, que no es correcto socialmente“. Contengo la risa y mantengo la compostura. Sobre todo porque conozco candidaturas que han sufrido el mismo trato sin baños de por medio. Noto claramente que ni la persona que me habla se lo cree, que ha usado una primera bala de fogueo por si yo era un farol con patas. No tardo en demostrarle lo contrario con un par de argumentos, y cambian las tornas súbitamente. “Te voy a proponer una cosa. Podrías venir como reserva al concurso“. Interesante cambio de perspectiva. Suena a premio de consolación chapucero, pero es un avance. Evidentemente, insisto en que me confirme si parto con las mismas posibilidades que el resto en la final. “No te puedo decir que va a salir de ahí”. Paso en falso, no me vale. Me adentro de inmediato en el tema de las incongruencias y las ilegalidades. No desconfío de los autores de los vídeos, sino de la propia empresa. Esquiva mis acusaciones retomando lo “soez” de mi candidatura. Ha tomado una mala dirección, y aunque estoy encantado de retomar el debate sobre la escatología de mis imágenes, sé que no va a poder aguantar infinitamente. Vuelve a endurecerse. “El jurado ha decidido y no has quedado finalista” Habíamos montado a un carrusel y girábamos sin sentido. Vuelta a empezar. Llevó su tiempo, pero finalmente es consciente de que me ha estado ofreciendo una tregua insípida. “Deja que mañana me reúna con la gente y vea lo que pueda hacer” Me sirve. He de reconocer que me he topado con una buena persona, dueña de una honrosa ética profesional, que ha intentado desempeñar el papel mezquino de su gente, pero que ha cedido ante lo injustificable. Lo siento en el alma por el mal rato que ha pasado, y le agradezco nuevamente que haya salido de la caverna empresarial.
Como había prometido, el viernes 21 de mayo recibo su llamada, tras haber comentado nuestro cambio de impresiones a los responsables de turno. En resumen, “hemos tenido suerte, ha habido muchas bajas (¿suerte? mmm) [...] entras como uno más [...] lo que sí te pido es discreción, ya sabes cómo es la Red, cómo circulan los rumores. No queremos recibir más reclamaciones” Lo que podría ser interpretado como una compra de silencio sin complejos, lo transformo en el inesperado triunfo parcial del más pequeño. Una poderosa multinacional me está pidiendo discreción, sin ser yo más que otro ser humano cualquiera que habita en este superpoblado planeta. Me confirma que han recibido quejas en apoyo a mi vídeo, y siento que ha valido la pena el tiempo perdido por obtener esta pequeña victoria moral. Por arte de magia, mi famoso retrete dejaba de ser ofensivo. En realidad, incluso como beneficiario del mismo, el estilo ‘made in Spain’ resulta notablemente desesperanzador. Así nos movemos por estos lares.
Finalmente no pude acudir al casting, pues debido a la carga tributaria relativa al IRPF los ganadores deberán aportar al ‘premio’ aproximadamente 4000 euros de su bolsillo. Pero más allá del concurso, la sensación de satisfacción final es de agradecer. Es imposible no hacerse preguntas. ¿Podrá Internet ser el medio para convertir al inofensivo individuo en un peligro real? Y si así es, ¿cuánto tiempo nos dejarán usarlo? Esto no deja de ser un estúpido ejemplo sin relevancia real. Pero no se puede negar que siete días antes había sido expulsado sin razón. Si no me hubiera quejado seguiría igual. Si me hubiera quejado una vez, seguiría igual. Si me hubiera quejado dos o tres veces, exacto, seguiría igual. Pero llegó un momento en el que una multinacional dio marcha atrás y rectificó (de aquella manera) simplemente para callar a un hombrecito anónimo. ¿Qué no podrán hacer millones de ellos unidos? Llámame iluso, pero mantengo mis convicciones. A pesar de todo, el futuro tiene mejor color que el de una Coca-Cola.
¿SE PUEDE LUCHAR CONTRA UNA MULTINACIONAL? – El caso de Coca-Cola España (Capítulo 1)
La sensación de soledad existencial ante el entramado capitalista que nos envuelve no es de extrañar. Desde los eternos problemas con el ADSL hasta aquel vuelo cancelado del que no recibes reembolso, muchas veces la frustración ante la pegajosa legislación nos obliga a aceptar la injusticia como ley de vida ¿Puede una persona hacer frente al abuso de una gran compañía? ¿Es el individuo en sí algo más que una ficha en un inmenso tablero? Deja que te cuente mi experiencia.
Hace un par de semanas participé en el concurso ‘El Once de la Afición‘, mediante el cual Coca Cola España ofrecía a once ganadores la posibilidad de vivir el Mundial de Sudáfrica, asistiendo a todos los partidos que disputase la selección española. Trabajé en un vídeo más o menos elaborado, y tras un par de semanas rebuscando apoyos, terminé con una gran ventaja en las votaciones en lo que, por aquel momento, era el vídeo más votado de la historia de la página web. Anécdota sin valor, que me permitió, no obstante, descubrir la bondad de muchas personas hacia el trabajo de un amigo o, en muchos de los casos, un auténtico desconocido.
La sorpresa llegó en la elección de los 25 finalistas para el casting de Madrid. Ni rastro de mi nombre. Cabe recalcar que la cantidad de votos no era un factor decisivo en esta decisión. En cambio, comprobé con incredulidad cómo vídeos presentados a pocas horas del cierre, con un esfuerzo más bien escaso, o incluso rompiendo las bases del concurso (está prohibido reproducir imágenes de las que no se posea el derecho de autor), sí habían ganado su billete a la final. Adoro la sana competición en cualquier contexto, y no me duele el reconocer con humildad la victoria de quien ha luchado contra mí en igualdad de condiciones. Ahora bien, ya sea en un concurso, partida de chapas o en un tres en raya esporádico, si me siento engañado no puedo evitar exigir al menos una explicación que apacigüe el desagradable regusto a injusticia. Y esto no es siempre una labor agradecida.
Voy a ser breve y preciso. No tengo ánimo alguno de revancha, por eso escribo tras haber permitido al tiempo limpiar cualquier residuo de ira. Pero me parece importante, por muchos o pocos que puedan leer esto (más factible lo segundo), el mostrarte hasta qué punto pegar puñetazos contra un muro puede resultar una táctica más que efectiva.
El lunes 17 de mayo, día de la resolución, decido enviar un mensaje al correo electrónico ofrecido por la filial española de Coca Cola para sus usuarios. Les exijo una explicación ante lo que considero una negligencia evidente en el procedimiento de selección. La educación siempre es el arma más poderosa, y aplaco mi enfado a base de datos objetivos, pero a pesar de mi texto detallado no recibo respuesta alguna. Comienza el circo.
El martes 18 de mayo inicio el contacto telefónico con la empresa, algo que se repite por partida doble el miércoles 19. Me he tomado la licencia de grabar todas las conversaciones, las cuales no puedo reproducir abiertamente al ser ilegal, pero que me permite citar con exactitud lo dicho en las mismas. En estas primeras llamadas me encuentro siempre de cara con las encargadas de secretaría, dos chicas extremadamente amables e inocentes ante la falta de profesionalidad de sus superiores. Les pido poder hablar con algún responsable. Infranqueable. Intentan convencerme con clichés legales en referencia a las bases. Craso error, las conozco mejor que ellas. “Pasamos nota e indicamos que se pongan en contacto con usted” = “nosotras no podemos hacer nada, y ellos creen que acabarás cediendo“. Pudiera haber sido, pero no era el día.
Ante el temor de un estancamiento, decido aprovechar Internet y dar un pequeño paso adelante. El casting final es el lunes 24, y la estrategia de olvidar mi caso hasta que sea demasiado tarde es ya muy clara. El jueves, 21 de mayo, voy al grano. Las bases citan que “el Jurado estará compuesto por 5 personas pertenecientes al Departamento de Comunicación de Coca-Cola”. Bendito Google. Un par de enlaces y encuentro la llave para seguir avanzando: Félix Muñoz Lázaro, director de comunicación de Coca Cola España. Nueva cita con el teléfono. Pregunto directamente por mi nuevo protagonista, y por primera vez consigo que la llamada no muera en secretaría. En la nueva línea vuelvo a preguntar por el señor Muñoz con insistencia, de nuevo me dejan en espera. Imposible acceder al teóricamente responsable del concurso. Previsible. De todas formas noto cierto malestar, un nuevo contexto de desconfianza. Explico mi situación a algunos de los que me han votado en la candidatura (apenas unas minoría aleatoria), animándoles a dejar su opinión al ya citado correo electrónico de Coca Cola. Al mismo tiempo, me pongo en contacto con asociaciones de consumidores y me hago con el perfil en ‘LinkdIn’ de Muñoz Lázaro, al cual consigo enviarle un texto bajo la identificación de “concursante marginado de Coca Cola”.
Fue ese mismo día cuando llegaron los resultados. Exactamente a las 21:19, fuera de horario laboral. Sorprendente. Aunque nada comparado con lo que vendría más tarde.
(Lee la segunda parte de esta historia pulsando aquí)








