REFLEXIONES DE UN GALLEGO EN SUDAMÉRICA – La hipocresía del ‘colonizado’
Ayer fue una noche tranquila. Tiré las preocupaciones por el baño y probé un poco de sillón televisivo antes de acudir al colchón. Una vez que Pablo Hernández resolvió la eliminatoria en Valencia, decidí hacer una nueva abdominal de pulgar y centrar definitivamente mi atención en el último experimento como director del oscarizado Mel Gibson. ‘Apocalypto‘ no es ciertamente la película del siglo, sino más bien un proyecto interesante de ‘Rambo maya’. Además uno, en su eterna inocencia, se plantea qué intentó enseñar el bueno del ultra-católico Mel en esa sospechosa escena final, donde los colonizadores llegan con sus barcas y sus cruces a la morada de semejantes bárbaros extirpa-corazones. En fin, será mi mente sucia…
Pero proyectos cinematográficos aparte, esta película me devolvió a reflexiones añejas sobre la conquista de América de las que ahora me gustaría escribir algunas palabras. Me retrotraigo instantáneamente a otra película, ‘Diarios de motocicleta‘, donde Gael García (actuando de un joven Ernesto Guevara) se preguntaba qué hubiera sucedido si la pólvora hubiera estado al otro lado del océano (en este caso, en el Imperio Inca) . Da que pensar, ¿verdad? Esta escena transcurre en las ruinas del místico Machu Picchu, referencia de esa cultura tan fascinante como brutalmente clasista y dictatorial. La respuesta, de todas formas, parece evidente. Exactamente lo mismo, pero al contrario.
Es doloroso comprobar que aún es algo insoportable para nuestra generación. Ninguno de nosotros sería capaz de vivir enteramente alejado de esos sentimientos de clanes tribales a lo bestia, de pertenecer a “algo” por encima de aceptar nuestra condición de habitantes de la Tierra. Nos gusta dividirnos para sentirnos grandes. Pasa en cualquier rincón del planeta, porque el mundo también ha globalizado su estupidez, pero me duele especialmente que nos ocurra con América Latina. Incluso más que los enfrentamientos territoriales entre reaccionarios y marionetas en la Península. El imperialismo español, como todo movimiento absolutista, fue un despropósito de bárbaros. De bárbaros… y de seres humanos. Basta de pataletas infantiles. Dada la escasez de ‘blanquitos’ por el continente americano en la época, cabría pensar que si a un ‘gashego’ (entiéndase como nacido en España, no al ‘Rosa Díez style
‘) se le considera descendiente directo de la masacre, un argentino como el propio Gael, por poner un ejemplo, debería ser nombrado hijo primogénito. Pero es otro sofisma igualmente inútil. Estos conflictos antropológicos de identidad social sólo viven de las disputas, de la falta de comprensión, de ese odio fácil y cobarde que surge cuando tenemos miedo de pasar a la historia como ‘don nadies’. Todavía cargamos con nuestro inevitable complejo de inferioridad ante la propia vida. El ser humano ha crecido demasiado rápido, sin demasiado orden, y debido a ello no le hacemos ascos a vivir en contradicciones evidentes. Lo preferimos a exponernos a la soledad existencial de una sociedad que compró progreso a cambió de perder su humanidad innata.
Recuerdo ahora con cariño las palabras de un anciano en la estación de Puerto Quijarro, minutos antes de cabalgar (a trote de mula coja) en el rudimentario ‘tren de la muerte’. “Su abuelo nos robó todo el oro de Potosí, ahora no queda nada”. Su mirada sabia no merecía contestación alguna. El sufrimiento manipula el pensamiento tanto como el afán de poder. Y esta queja sin maldad se transforma fácilmente en un peligroso foco de odio en la persona adecuada. Así de simple. Pensé entonces en mi abuelo por unos segundos, un hombre que se ha pasado toda la vida trabajando más de lo que debería trabajar nadie. Nos falta tiempo, es sólo tiempo. Y dignidad. Sin dignidad no hay éxito posible. En un mundo justo nadie se atrevería a denominar a su hermano como ‘puto sudaca de mierda’ y dormir luego a pierna suelta. ¿Han pasado ya cinco siglos? Pues que nos dejen más. Habrá que luchar por la comprensión desde un mundo a menudo cruel y rencoroso. Qué difícil destruir, o simplemente esquivar, a todos aquellos que saben utilizarnos desde arriba con patrañas aderezadas con himnos y banderas. Voraces empresas y empresarios escondidos bajo el cálido manto de aquello que llaman patria.Yo entré en América Latina acomplejado por el pasado de otros, y salí medio año más tarde maravillado por todo aquello que nos une. Quizá deberíamos empezar desde ahí.








