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EL MIEDO A SENTIRNOS NADIE – Entre el Estatut y Sudáfrica

Apenas tardaron un par de minutos  en invadir el espacio sonoro de las Rías Baixas. Decenas de cohetes retumbaban al unísono en la noche viguesa, remarcando con decibelios la hazaña conseguida. La selección española, sufrimiento agónico incluido, había alcanzado por primera vez en su historia las semifinales del Campeonato Mundial de Fútbol.  No fue con el glamour esperado, pero daba exactamente lo mismo. SE-MI-FI-NA-LES. No es un ejercicio escolar de división silábica, sino la recomendación del doctor a la hora de leer los titulares en los medios de comunicación. Tómeselo con calma, no lo vea de golpe, fraccione la lectura. Porque ahora sí, estamos a dos pasos de hacer historia.

Y bien puede discutirse sobre su relevancia metafísica en la evolución del universo universal, pero lo innegable es que la pelotita de marras nos está dando unas borracheras de adrenalina gratuitas que son de agradecer. En buena época, debería añadirse. Siendo algo válido para todo ser humano, en España resulta especialmente gratificante estos éxitos deportivos para desmitificar mitos insostenibles. Si además lo mezclamos con un buen chorro de tragicomedia patria de calidad, el resultado es cuando menos divertido. Sin ir más lejos, entre goles, raquetazos y acelerones moteros, el Estatut catalán asumió esta semana la dirección del circo político español, ese espectáculo chapucero y manipulador a la par que anacrónico e innecesario. Risoterapia gratuita que permite respirar a mi aburrida neurona.

Al igual que sus autores, no tengo mayor interés en detenerme en el texto en sí. Aprobados más del 90% de sus artículos, la feria de declaraciones posterior es una mezcla de incapacidades y complejos personales. Un continuo vómito de falacias donde, por supuestísimo, todos salen reforzados. Por un lado los amigos del ColaCao extra fuerte y su “España indisoluble”. Por el otro los de “somos una nación”, y a ver si cuela para vivir cuatro años más de mis cuentos medievales.  Tanto unos como otros producen vergüenza ajena. Patéticos  señores feudales de nueva generación. Ambos utilizan los instintos más pegajosos como llave para elevar su ego, manipulando las masas a su antojo con banderitas, himnos y demás mercadillo infantil que tan sólo nuestro miedo a la insignificancia les otorgan una fuerza que no poseen.

Por eso adoro el deporte. Porque bajo su simpleza, no exige más de lo que ofrece. Es sincero y directo. Se crea su propia parafernalia de símbolos artificiales (en muchas ocasiones, como es el caso de las selecciones, “robados” de la vertiente política), y nos ofrece las mismas dosis de auto-realización alquilada sin necesidad de cerrar los ojos al mundo que nos rodea. Al nuestro propio, tantas veces compartido y tantas otras absolutamente único y exclusivo.

Además, por si no fuera suficiente, permite regocijarnos en los juegos hipócritas de almas caníbales en su lucha por la complacencia personal.  Los ejemplos de esclavitud deportiva ante la dictadura política son un virus terminal muy frecuente. Por un lado me da pena que se acabe (porque su fin es inevitable), se perderá la sección de humor ibérico más auténtico. Recomiendo pasarse por algún foro de cualquier periódico digital, ciénaga putrefacta de arcadas pseudo-reflexivas. Aunque más allá de anonimatos cobardes, siempre hay nombres propios que destacan. Y como a pesar del calentamiento global me encuentro sudorosamente animado, me apetece cerrar esto con el humor que se merece. Como una entre un millón a lo largo de toda la Península, y a  modo de homenaje póstumo, un botón laportiano. Saben aquel que diu…

Como la nación catalana no tiene Estado ni equipo nacional para competir internacionalmente, el Barça cumple esta función

 

 

 

 

 

 

 

    

 

Si es que somos unos cachondos…

julio 5, 2010 Publicado por | Política y Economía | , , , | Dejar un comentario

   

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